jueves, 16 de julio de 2015

Mi Bolaño

Estar de vacaciones es, por sobre todas las cosas, poner en práctica la libertad individual (en el sentido común y corriente de la palabra). Saber que podés leer lo que te caiga a las manos, boludear en las redes sociales, besar a tu novia, salir a caminar, a correr, jugar a la pelota, mirar una película, todo esto sin tener detrás de la nuca la sensación de que se te está esfumando el tiempo para cumplir una responsabilidad (preparar finales, ir a trabajar, lavar los platos, etc.) te llena de liviandad. Así estoy: liviano. Leve. (Flecha que se me viene a la cabeza: La insoportable levedad del ser. Que me disculpe Kundera, pero lo que menos siento es que sea insoportable).
Ayer estaba poniendo en práctica mi libertad, moviendo la ruedita del mouse y recorriendo las noticias nuevas de Facebook. Después de unos minutos me encuentro con una foto de Roberto Bolaño: freno. Clickeo. Lo primero que leo es la oración: 12 años sin él. No fue difícil inferir qué querían decir con eso. Pensé: "doce años, ¿tan poco?". Sabía que había vivido 55. Haciendo la cuenta, si estuviera vivo en este momento, tendría unos 67. Menos que mis abuelos. Menos que muchísima gente.
Debajo de la frase había un poema que ni sé si era de él o si había sido escrito por la persona que le hacía el homenaje. La cuestión es que cerré la ventana de Chrome y subí a mi cama para alcanzar uno de los libros de Roberto (todos los suyos están en el estante más alto. Orden alfabético de acuerdo al apellido del autor): Los detectives salvajes. Elegí éste no por ser el más largo que haya leído (todavía me falta 2666) ni por ser el más raro, o el más aclamado, o uno de los más originales: lo elegí por la palabra salvajes. Creo que si tengo que definir a Bolaño en una palabra, utilizaría esa. Salvaje. Fue salvaje como escritor. Escribía escuchando heavy metal. Fue salvaje como lector. Leía poesía francesa mientras se bañaba (y así quedaban sus libros y los libros que le prestaban). Fue salvaje en la vida. Que le duró sólo 55 años.

Cada tanto me surge la necesidad de agarrar cualquier libro que haya leído y hojearlo. Un trabajo que combina aleatoriedad y predeterminación: por un lado, voy soltando las hojas con el dedo gordo hasta que decido parar en una, sin que ésta tenga alguna diferencia con las demás. Por otro, me encuentro con notas, corchetes o líneas de subrayado en alguna palabra, frase o párrafo de la página. En el presente, le dejo el camino al azar para que me comunique con un pasado que fue delimitado, pensado: nadie subraya o remarca porque sí.
Esto hice con Los detectives: una especie de homenaje. Y con esto me encontré:

1. Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear.

2. A veces es necesario empaparse de realidad, ¿no?

3. Comí sentado en la cocina, en silencio, pensando en el futuro. Ví tornados, huracanes...

4. Ernesto San Epifanio dijo que existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, generalmente, eran heterosexuales, la poesía, en cambio, era absolutamente homosexual, los cuentos, deduzco, eran bisexuales, aunque esto no lo dijo.
Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mejores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas.

5. Durante mucho rato dejé de existir.

6. ¡Todo el mundo sufría! [...] Mi poema se llama "Todos sufren". No me importa que me miren.

7. Todo el día deprimido, pero escribiendo y leyendo como una locomotora.

8. ¿Pero a quién amo? Ayer llovió toda la noche. Los pasillos de la vecindad parecían las cataratas del Niágara. Hice el amor llevando la cuenta. Rosario estuvo fantástica, pero por amor al éxito del experimento preferí no advertírselo. Se vino quince veces. Las primeras le tenía que tapar la boca para que no despertara a los vecinos. Las últimas temí que le fuera a dar un ataque al corazón. A veces parecía desmayarse entre mis brazos y otras veces se arqueaba como si un fantasma estuviera jugando con su columna vertebral. Yo me vine tres veces. Luego salimos los dos al pasillo de arriba. Es extraño: mi sudor es caliente y el sudor de Rosario es frío, reptiliano, y tiene un sabor agridulce (el mío es claramente salado). En total estuvimos cuatro horas cogiendo. Después Rosario me secó, se secó, arregló el cuarto en un santiamén (es increíble lo hacendosa y práctica que es esta mujer) y se puso a dormir pues al día siguiente tenía que trabajar. Yo me acomodé en la mesa y escribí un poema que titulé "15/3". Después me puse a leer William Burroughs hasta que amaneció.

9. ...cada vez más irreflexivamente feliz.

10. Ay, qué lástima que ya no hagan mezcal Los Suicidas, qué lástima que pase el tiempo, ¿verdad?, qué lástima que nos muramos y que nos hagamos viejos y que las cosas buenas se vayan alejando de nosotros al galope.

11. Pensé: qué acto poético destruir mis escritos. Pensé: lo mejor hubiera sido tragármelos, ahora estoy perdida.

12. Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Ésta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. [Ulises y Belano, posibles alters ego de Bolaño -prestar atención a la similitud en la pronunciación "Belano - Bolaño"].

13. ...escritura masturbatoria (con la derecha escribimos, con la izquierda nos masturbamos, o al revéz si eres zurdo)...

14. Era un tipo curioso. escribía en los márgenes de los libros. Por suerte yo nunca le presté uno. ¿Por qué? Porque no me gusta que escriban sobre mis libros. Y hacía algo todavía más chocante que escribir en los márgenes. Probablemente no me lo crean, pero se duchaba con un libro. Lo juro. Leía en la ducha. ¿Que cómo lo sé? Es muy fácil. Casi todos sus libros estaban mojados. Al principio yo pensaba que era por la lluvia, Ulises era un andariego, raras veces tomaba el metro, recorría París de una punta a la otra caminando y cuando llovía se mojaba entero porque no se detenía nunca a esperar a que escampara. Así que sus libros, al menos los que él más leía, estaban siempre un poco doblados, como acartonados y yo pensaba que era por la lluvia. Pero un día me fijé que entraba al baño con un libro seco y que al salir el libro estaba mojado. Ese día mi curiosidad fue más fuerte que mi discreción. Me acerqué y le arrebaté el libro. No sólo las tapas estaban mojadas, algunas hojas también, y las anotaciones al margen, con la tinta desleída por el agua, algunas tal vez escritas bajo el agua, y entonces le dije por Dios, no lo puedo creer, ¡lees en la ducha!, ¿te has vuelto loco?, y él dijo que no lo podía evitar, que además sólo leía poesía, no lo entendí en aquel momento, ahora sí lo entiendo, quería decir que sólo leía una o dos o tres páginas, no un libro entero, y entonces yo me puse a reír, me tiré en el sofá y me retorcí de risa, y él también se puso a reír, nos reímos los dos, durante mucho rato, ya no me acuerdo cuánto.


Único poema de los realvisceralistas (grupo de poetas protagonistas de la novela. Entre ellos: Ulises Lima, Arturo Belano).


Su explicación.


Joven.

miércoles, 10 de junio de 2015

El síntoma

«Dice Barthes que ya no hay un adolescente que viva este fantasma: ser escritor. Recuerda una pregunta de su juventud: ¿de cuál de sus contemporáneos podría querer copiar, no la obra sino las prácticas, las posturas? La manera de fumar, de tomar café; la manera de pasearse por el mundo con una libreta de notas en el bolsillo y una frase en la cabeza. Es decir: ser su fantasma.
Ese doble de Barthes es Gide. Barthes "lo veía" a Gide deambulando por Rusia o por el Congo. Leyendo los clásicos y escribiendo sus carnets en el vagón comedor de un tren, esperando los platos. Finalmente, lo vio realmente un día de 1939 en París en el fondo de la cervecería Lutetia, comiéndose una pera y leyendo un libro. Se encontró con el escritor sin su obra. Entonces define ese encuentro como forma suprema de lo sagrado: "señal y vacío". Es legítimo aseverar que en esa cervecería parisina, Barthes se encontró con Gide por segunda vez.»

Leyendo este fragmento en la revista Ñ de Clarín (empecé a coleccionarla, me acerca muchísimo al mundo de la literatura actual), me recuerdo a mí mismo haciendo con Cortázar, con Borges, lo que Barthes con Gide: los sacos de Julio, los gestos de sus manos enormes al hablar sobre un cuadro de Paul Delvaux, sus recorridos por las librerías de viejo de París, su mirada de poeta en estado de inspiración al estar enfrente del Sena, sentado, con tres libros sobre las piernas. Las fotos de Borges en las bibliotecas, observando los lomos de los libros, las manos sobre el bastón, la mirada perdida, la intimidad con su gato. Todo eso quería copiar, atraer hacia mi vida, hacerlo propio.
Recuerdo, en particular, un sábado a la noche que pasé solo. Estaba en cuarto de la secundaria. Era una época en la que no salía a los boliches.
Creo que había terminado de leer una novela o una serie de poemas y sentí eso que siempre se siente al terminar de leer: felicidad melancólica, una especie de vacío cómodo, lleno de miel. Necesitaba perpetuar la sensación. Decidí salir a caminar. Quería, en realidad, ir a un bar de mi ciudad, uno famoso, al que frecuentan obreros, gente humilde. Quería ir y sentarme a tomar un café, a pensar sobre la existencia, pero con un agregado: llevarme un bloc de notas. Anotar pensamientos. Transferir esas elucubraciones al papel. Hacerme el artista. Había mucho de snob en esto, pero no me importaba: la idea era copiar el comportamiento de un escritor de verdad, un escritor posta. Quería parecerme a ellos.
La realidad es que me puse una campera verde oscura típica de bohemio del mayo francés (se la había robado a mi viejo), agarré el atado de cigarrillos y salí a caminar, aunque –por timidez- no me senté en el bar. Ni me llevé el bloc de notas. Solo pensé. Pensé que estaba caminando en París, como Cortázar. Fumaba mientras miraba los árboles, las casas, la gente. Fumaba y pensaba en escribir un cuento nuevo, un cuento que me permitiera hacer realidad eso de que estaba en París fumando y que era artista. Y que me sentaba en bares a diagramar mi próxima novela, con un bloc de notas como herramienta. Y que no tenía vergüenza.

Cuando volví a mi casa, escribí. Un cuento estúpido. Estúpido, como los pensamientos “filosóficos” que me surgieron al terminar el libro. Estúpido, como la interpretación desacertada que seguramente le di a éste. Estúpido, como las notas que hubiese escrito si me llevaba un bloc y me sentaba en el bar. Pero hoy descubro algo que juega a mi favor: casi al final de la nota, el autor cita a Barthes: “Tengo una enfermedad: veo el lenguaje” (la cursiva es mía). Yo, esa noche, tuve el síntoma.

viernes, 27 de junio de 2014

Hoy, escribí

Hoy, escribí. Sí, tenés que ir a comprar la comida para la noche, tenés que cargar la tarjeta de colectivo, tenés que estudiar las clases anteriores de las dos materias que cursás mañana , hacer ejercicios y entenderlos, tenés que seguir practicando para el parcial de pasado mañana, tenés que bañarte, tendrías que ir a correr para bajar la panza incipiente que se te está formando por el sedentarismo, tenés que afeitarte, tenés que pasar el trapo y barrer el departamento, tenés que atender las notificaciones del calendario del celular, tenés que pasar a tu amigo de la facultad que hizo 288 puntos en un jueguito, tenés que aprender los acordes de cuarta, tenés que sacar un tema de Beady Eye, tenés que pensar en lindo auto que podrías llegar a tener en el futuro, con vidrios polarizados y muy fino, tenés que husmear las aplicaciones de tu computadora que nunca abriste, tenés que desactivar algunos programas que están haciendo enlentecer el sistema, tenés que descansar, tenés que cambiar la foto de perfil en Facebook, tenés que mirar un vídeo tutorial en YouTube sobre el AutoCad 2014 y ver la serie Sillicon Valley o como se escriba, tenés que contestarle la pregunta que te está haciendo tu compañero de departamento, tenés que hacerte una paja, tenés que ponerle talco a las zapatillas negras, tenés que mirar por la ventana a ver cómo anda el clima, tenés que ordenar el pullover y el jogging que dejaste tirado arriba del puff  junto a la guitarra, tenés que pensar en cómo organizar la agenda para mañana, tenés que regar el potus y la lengua de suegra, tenés que prender la luz porque está oscureciendo, tenés que armarte la cama, tenés que tomar algo para el dolor de cabeza, tenés que terminar el libro ese de Coetzee y el de matemática de Paenza que hace como tres meses que lo venís pateando, tenés que cruzarte de piernas, tenés que rascarte la nariz, tenés que pensar cómo hacer para tener una actitud más aguerrida frente a la vida, tenés que pensar si sos de izquierda o amigo de Bush, tenés que jugar un partido de ajedrez con tu compañero y romperle el culo, tenés que mirar la hora, tenés que leer las noticias de hoy en los rubros ciencia tecnología música espectáculos diseño fotografía etc., tenés que dejar de pensar que hace un tiempo largo que no te sentás frente a la computadora a tirar un par de líneas sobre una hoja blanca... Y hacerlo.
Estás un poco frustrado. Más allá de la vorágine de tu vida actual, del “una cosa atrás de otra” y cero tiempo para levantar la cabeza y preguntarte dónde estás, venís errando literariamente hablando. Uno, tenés muy poco tiempo para escribir. Dos, no se te ocurre nada. ¿Qué pasó con el pibe que medía la cantidad de páginas escritas, y que había hecho el cálculo de que si escribía dos páginas buenas de nueve a diez p.m. todos los días, al final de cada año iba a tener libros de 730 páginas cada uno (y sin contar los años bisiestos)? Lo que más te sorprende es que vos mismo fuiste esa persona. Está bien, las situaciones, el contexto no es el mismo. En ese momento eras un ermitaño, como te había dicho tu vieja. Un ermitaño dedicado pura y exclusivamente a la literatura, a pasárselas todo el día leyendo y escribiendo en esa habitación dos por dos, que hoy está a 30 km. de distancia de tu posición actual. Está bien, hoy ampliaste tu cabeza, hoy estás viviendo solo, estás aprendiendo física, matemática, informática, estás relacionándote con un entorno nuevo, amás (principal carencia comparando con el pasado), ponele que te cocinás y que sos feliz. Antes no lo eras. La balanza es categórica: lo único que antes tenías y que ahora no tenés son tiempo y ganas para escribir. Ah, y algo más valioso todavía: ideas.
Te preguntás cuántos cuentos inconclusos arrancaste desde el principio de esta era de “fobia a la hoja en blanco”. Cuatro, cinco. Recordás que empezabas ideándote el ambiente y los personajes, las situaciones conflictivas, el meollo del asunto. Todo te parecía parte de una obra descomunal de un escritor todavía desconocido pero con un futuro imparable. Hacías anotaciones en el celular que tenías, palabras claves, frases dichas por algún personaje, temas a tratar, maneras de eclipsar la historia…
El problema estaba cuando te sentabas delante de la máquina. En ese pasado, un poco más inmediato que el pasado anterior, que el pasado de escritor nato, recordabas que antes no te costaba en absoluto arrancar una historia. Tenías la frase clavada en la frente, abrías el archivito de Word y saltaba sola. Después, el resto era teclear hasta poner el punto final. Nombre del cuento o poema, guardar como, carpeta “escritos propios” y a pensar en el próximo texto. En ese pasado, ya no gozabas de dichos privilegios. Meter la primera te hacía transpirar las yemas de los dedos y mojar las teclas de la máquina. Te ponía los pelos de punta el hecho de borrar una oración de tres renglones porque no tenía ningún sentido, lo sentías como una pérdida, una vuelta atrás, un retroceso. Nunca creíste en la inspiración y en esas cosas que plantean algunos escritores, pero empezabas a preocuparte.
El miedo se te fue atenuando de a poco con las nuevas responsabilidades, el nuevo estilo de vida, los nuevos conocimientos que ibas adquiriendo. Sos de tener objetivos altos, casi inalcanzables, así que buscaste la manera de encontrar la literatura en el nuevo entorno. Te fue bastante bien. Descubriste millones de cosas relacionadas entre tu capacitación profesional y tu hobbie más intenso, y donde no había relaciones, conectaste puntos vos mismo. Así se fue haciendo, digamos, “soportable” el hecho de no escribir, o de no tener ideas ni tiempo para hacerlo.

Pero no te alcanzó: hoy decís “necesito escribir”. Gritando. Estás con un millón de cosas pendientes, pero necesitás escribir. Estás en una de las peores partes de exigencia de tu vida académica, pero necesitás escribir. Y te preguntás: bien, necesito escribir, pero… ¿qué mierda escribo? ¡Si no se me ocurre nada! Entonces te contesto: escribí lo que se te da la gana, pero escribí. Tomate una hora de tu existencia para volver a sentir ese placer tan estúpido (pero placer al fin y al cabo) de pasar de la hoja uno a la dos, de la dos a la tres y así sucesivamente, y luego mirar el quilombo de letras que creaste, que combinaste, que unificaste en un texto que podés considerar tuyo. ¿Y el tema? ¿Los personajes? ¿La problemática? ¿El punto de no retorno? ¿La estructura? ¡Qué se vayan a la mierda! Vos vomitá, largá esa cantidad de boludeces que tenés acumuladas en la papelera y reciclalas. Guardate el esquematismo para otro momento. Guardate el método para otro momento. Y que te importe un huevo la comida, la tarjeta, el estudio…

jueves, 13 de marzo de 2014

Series lógicas

Dibujo de Escher
libro de Borges
ecuación con mil incógnitas
gato negro con ojos verdes
finitos por la claridad
paradoja de Schödinger
sistema binario de las computadoras
Conjetura de Goldbach
lápiz con tres puntas
diagrama de árbol
reflejo en lentes de sol
pentagrama vacío
habitación de hospital psiquiátrico
cráteres de la luna
agujero negro
cosmos y caos
número áureo
número π
sonido que supera la percepción humana
electricidad
lluvia ácida
ojo reflejado en otro ojo
visto desde los ojos de un tercero
cuarta dimensión
espacio virtual
racionalidad
irracionalidad
cantidad de átomos en el universo
“multiversos”
número 0
números fractales
sintaxis
armonía
GPS
coordenadas de espacio-tiempo
neuronas
marihuana
caracol
escalera caracol
faro en la playa
Cabo Polonio
lo natural y lo artificial
la naturaleza del pensamiento
azar
color blanco
símbolo del infinito
símbolo del más
símbolo del menos
mujeres cuello largo de Modigliani
tristeza/felicidad
humo del cigarrillo disipándose
ardor
conexiones
relaciones vínculos
Poker
de Aces
contra escalera color
contra escalera real
enlace simple, doble y triple
diseño
arquitectura
minimalismo
Gravedad (película)
Isaac Newton
asteroides
cometa Halley
pelo de una rana calva
espermatozoide viajando en cámara lenta
condiciones climáticas
órbitas
panel táctil
panel solar
radiación
capa de ozono
miopía
cactus
series lógicas
¿series lógicas?
sistema aislado
mate
yerba “Playadito”
ácaros
luz solar
hexágono
borrar
libros ordenados de manera aleatoria
alta definición
electrones protones
niveles de organización de la materia
Literatura.

domingo, 28 de julio de 2013

¿Y para qué carajo me sirve esto?

"El Binomio de Newton es tan hermoso como la Venus de Milo; lo que pasa es que muy poca gente se da cuenta".

Debido a algunas cosas que vengo experimentando, hay una determinada clase de personas que están llamando mi atención últimamente: los divulgadores científicos. Esos loquitos con anteojos enormes que se ponen en el medio de dos extremos: el público científico, y el resto de la sociedad. Y actúan como mediadores, es decir, le transmiten a las personas no especializadas conocimientos de alto vuelo intelectual, de una manera simple. Se me viene a la cabeza una frase de Bukowski mientras escribo esto: "Un intelectual es el que dice una cosa simple de un modo complicado. Un artista es el que dice una cosa complicada de un modo simple". Y los divulgadores científicos entran dentro de la segunda categoría. Explicar lo complejo de modo sencillo. Entonces, ¿por qué no incluirlos dentro de lo que se llama un artista?
Un claro ejemplo es el matemático y periodista Adrián Paenza. Argentino. Escribió una colección de cinco tomos llamada "Matemática... ¿estás ahí?", entre otros títulos. Me voy a centrar en ella ya que es lo que vengo leyendo en estos tiempos.
Se encarga de enseñar matemáticas (la materia que más se asemeja a una bruja en la gran mayoría de la gente, y todavía no entiendo por qué) de una manera cotidiana, creativa, artística, si se quiere. Uno de sus objetivos está en mostrar a la sociedad que esta ciencia se encuentra en cada boludez de nuestro día a día, en contraposición con el famoso cuestionamiento en una clase de matemáticas: "¿y para qué carajo me sirve esto?".
El primer tomo arranca con un cuento. Sí, porque las matemáticas también se relacionan, y mucho, muchísimo, con la literatura (si no me creen lean a Perec, y a todos los miembros de la Oulipo). Un cuento que, según nos explica Paenza, utiliza uno de sus amigos, el músico y matemático Pablo Amster, como apertura para todas sus charlas. Se encarga de poner en funcionamiento el famoso pensamiento lateral, uno de los temas que van a ser reiteradamente abordados a lo largo del libro. Y que en cierto sentido encaja perfectamente con lo que vengo escribiendo.
Se los dejo, para que saquen sus propias conclusiones:

La mano de la princesa.

Una conocida serie checa de dibujos animados cuenta, en sucesivos capítulos, la historia de una princesa cuya mano es disputada por un gran número de pretendientes.
Éstos deben convencerla: distintos episodios muestran los intentos de seducción que despliega cada uno de ellos, de los más variados e imaginativos.
Así, empleando diferentes recursos, algunos más sencillos y otros verdaderamente magníficos, uno tras otro pasan los pretendientes pero nadie logra conmover, siquiera un poco, a la princesa.
Recuerdo por ejemplo a uno de ellos mostrando una lluvia de luces y estrellas; a otro, efectuando un majestuoso vuelo y llenando el espacio con sus movimientos. Nada. Al fin de cada capítulo aparece el rostro de la princesa, el cual nunca deja ver gesto alguno.
El episodio que cierra la serie nos proporciona el impensado final: en contraste con las maravillas ofrecidas por sus antecesores, el último de los pretendientes extrae con humildad de su capa un par de anteojos, que da a probar a la princesa: ésta se los pone, sonríe y le brinda su mano.

La historia, más allá de las posibles interpretaciones, es muy atractiva, y cada episodio por separado resulta de una gran belleza. Sin embargo, sólo la resolución final nos da la sensación de que todo cierra adecuadamente.
En efecto: hay un interesante manejo de la tensión, que nos hace pensar, en cierto punto, que nada conformará a la princesa.
Con el paso de los episodios y por consiguiente, el agotamiento cada vez mayor de los artilugios de seducción, nos enojamos con esta princesa insaciable. ¿Qué cosa tan extraordinaria es la que está esperando? hasta que, de pronto, aparece el dato que desconocíamos: la princesa no se emocionaba ante las maravillas ofrecidas, pues no podía verlas.
Así que ése era el problema. Claro. Si el cuento mencionara este hecho un poco antes, el final no nos sorprendería. Podríamos admirar igualmente la belleza de las imágenes, pero encontraríamos algo tontos a esos galanes y sus múltiples intentos de seducción, ya que nosotros sabríamos que la princesa es miope.
No lo sabemos: nuestra idea es que la falla está en los pretendientes, que ofrecen, al parecer, demasiado poco. Lo que hace el último, ya enterado del fracaso de los otros, es cambiar el enfoque del asunto. Mirar al problema de otra manera.

Muchas veces es necesario lateralizar en la vida, para darse cuenta que la solución estaba más cerca de lo que uno creía. Solo hacía falta ingenio.

Adrián Paenza.

Pablo Amster.

lunes, 20 de mayo de 2013

"¿Y por qué no lo escribís?"

¿Alguien tiene ganas de llorar de la emoción, aparte de porque sea lunes y se nos haya esfumado el fin de semana como arena entre las manos? Yo, en realidad, no tenía ganas, hasta que pasó lo que me movió a presionar el botón "entrada nueva". Y es que realmente no interesa si tenemos ganas o no. Los momentos decisivos, o al menos importantes en la vida de una persona, no se premeditan, están, surgen, y ya. No hay vuelta que darles, no hay modo de escapar. Se te vienen encima, te hacen naufragar o te tiran un bote salvavidas.
En este caso, creo que el texto de mi profesor de taller literario, el escritor Pablo Ramos, cumple con las dos funciones, y muchas más. Un tipo que escribe desde las entrañas. Y no hay con que darle, porque se llega a un punto en el que el sentimiento que mueve a que él escriba te mueve a vos a leerlo. Entonces quedás lagrimeando, tratando de experimentar ese dolor que movió al tipo, que nunca vas a igualar, pero que constituye un intento, un regalo humilde, como para pagar semejante prosa.




“Anotar lo que sé tanto como lo que espero saber. Describir mi sed de alcohol que comienza a las nueve de la mañana, y que a las once y media ya escapa a todo control. Describir la humillación de beber furtivamente y el sabor amargo de la ginebra; escribir sobre el peso del desaliento y la desesperación; escribir sobre los terrores sin nombre; escribir sobre los penosos ataques de la ansiedad infundada; escribir sobre el horror al fracaso. El esfuerzo por recuperar el aguzamiento de las sensaciones, la sensación de que se ha corrompido un margen de esperanza” (John Cheever, Diarios)

Muchas veces pienso que escribir me rescató de la peor soledad, de esa soledad que yo tenía pero en la cual yo no me tenía. A ver… rescató mi compañía, me rescató a mí como compañía propia, como compañía de mí mismo.
     Durante mucho tiempo viví en una soledad abrumadora, triste, patética, lastimera, esa de los primeros tiempos de divorciado a mí duró muchos años, porque las cosas se me complicaron un poco (la moneda en esa época parecíacargada, y caía siempre del lado perdedor). Tenía dos ex mujeres que habían convertido a mis hijos en ex hijos, también. Vivía rodeado de rencor. No podía ver a mis hijos porque la falta de trabajo me lo impedía. La falta de trabajo, en donde yo vengo, acarrea la falta de dinero que acarrea la falta de un lugar decente donde dormir y comer un plato de algo caliente que acarrea las ganas de volarse la cabeza con una 45 o con veinte gramos de lo que sea o con el culo de una prostituta gorda que sólo pida caricia de amor y nos haga un lugar entre sus enormes tetas. El resultado de todo eso: yo
    Y la solución que se me ocurrió fue peor que el problema mismo: resentirme, y entonces fui alimentando el sentimiento de fracaso, poniéndole rama tras rama a esa hoguera de lástima sobre mí mismo hasta el punto de perder aún más de lo que había perdido. Al punto de perder la fe en mí.
    Eso, como dije, duró mucho. Quince años, para ser exactos. Soportados básicamente con alcohol, y a veces con otras cosas.
    Hubo un día, como siempre hay un día en la vida de un hombre, en que me crucé con un ángel, en el pabellón de ingreso de esa cárcel de Caseros: el viejo Mario C. que hacía una semana me tenía medio obligado a asistir a las reuniones de A.A. que organizaba él, por su cuenta, sin ayuda externa de esa institución ni de nadie. El también me había dado, meses atrás, las fotocopias de El que tiene sed (novela de Abelardo Castillo), y de Don Juan de la Casa Blanca (Novela corta de Liliana Heker) diciéndome que leyera para entender de qué se trataba el dolor que hay en las dos orillas de nuestro problema.
     −¿De pasársela preso? –le pregunté.
     −No, querido, de pasársela drogado, o borracho.
     Yo le tenía respeto a Mario C., todo el mundo se lo tenía. Y un día me decidí y junté mi primera semana sin drogas ni alcohol, ahí adentro: en la cárcel. Por él, como para que sintiera, no sé, orgullo de mí. Hasta que una noche me sentí desamparado por él. Yo lo tenía loco, le ocupaba más de su tiempo que cualquiera. Pensaba que decir toda la perorata de mis sentimientos era lo que me iba a ayudar a estar mejor, o al menos, a pasar el tiempo más rápido. Y estaba meta hablarle desde mi celda al silencio oscuro del pasillo, donde a él lo dejaban estar para que escuchara las confesiones de los que estábamos más necesitados, cuando, harto de mis lamentos, me dijo las palabras mágicas:
     –¿Y porqué no lo escribís?
Recuerdo que primero me enojé, porque tanto me había insistido para que le contara (a él y al grupo de ayuda que dirigía él) lo que me andaba pasando y ¿ahora me decía que lo escriba? ¿Llevaba recién una semana sobrio y ya se había hinchado las pelotas de mí? Algo así le dije, pero creo que con palabras más fuertes. Y el viejo largó una risita, dos toses secas de tabaco y me lo dijo otra vez, pero de otra manera:
    −Escirbimeló, no seas boludo –me dijo−, que yo lo leo. Hablando sos insoportable, y yo no soy tu vieja para quedarme acá aguantando tu lloriqueos de autocompasión.
    Y no es que me puse a escribir enseguida. Pero la puñalada se fue infestando, y tiempo después, en circunstancias distintas pero parecidas, me compré la máquina de escribir.
     Fue con el primer sueldo, dos meses después de haber salido de la cárcel. Llegué a la pensión de noche y recuerdo con cuánta ilusión la abrí. Recuerdo exactamente la manera en que puse la hoja, esa primera hoja, de un block que había venido de regalo junto con la máquina, amarillenta, gruesa, áspera. Preciosa. La máquina era nueva, de esas de plástico y hojalata que se siguen haciendo en china. Y no me iba a durara mucho tiempo. A esa primera máquina no le andaba el número seis, por eso hoy yo le saco a mis máquinas de escribir el número seis. También a los teclados de PC que uso a veces para escribir y siempre para corregir mis textos.
    Creo que esa noche no escribí nada, de eso sí que no me acuerdo, pero podría decir que no escribí nada. Pero fue nomás poner la hoja en la máquina y saber que yo podía, en esa pieza de pensión y a partir de ese momento, hacer lo que quisiera en esa hoja, podía ser quien quisiera, podía odiar mucho más a los que odiaba, podía amar mucho más a los que amaba, podía triunfar en el odio y en el amor. Podía escribir sobre la realidad y modificarla en todos los lugares en que no me gusta, o en los lugares en que me sentía traicionado por ella. Podía usar la imaginación de esa manera que me parece a mí más refinada que la de inventar monstruos y magos  o copiar y pegar de un blog o de otros libros: la imaginación que se afina para perforar la superficie de las cosas, esa imaginación. Que enfrenta el desafío mayor de, ahora sí, recortar y reinventar esos espacios de tiempo que separaban dos momentos de la vida que deberían haber estado juntos. Que inventa contexto y recién luego se convierte en texto. Coser, bordar, unir, el texto y mi vida. El texto: mi vida. Hacer de esa realidad una nueva realidad. Y crear un personaje que se separe de mí y viva en esa nueva realidad y que sea también mi compañía. Cuando pudo animarme a hacerlo encendí la llama de otra hoguera.
   Fue un principio, muy primario, muy imperfecto, y eso también lo superé. Tiempo después me di cuenta de que, más que el personaje, la historia era mi compañía. Y eso también lo superé, con el tiempo. Y más tiempo, y más tiempo. Y lo que me pasa ahora es que siento que el lenguaje escrito es mi compañía. Que escribir una palabra tras otra aventurándome en una nueva manera de concebir el lenguaje es lo que necesito para que crezca mi dignidad. Para que, poco a poco, vaya naciendo un verdadero Pablo, más real, más noble, más valioso. Necesito escribir como si nunca hubiera escrito cada vez. Eso se puede ver en mis tres libros publicados y se va a ver en un cuarto, cuando corrija esta historia que acabo de terminar. Y espero se vea siempre. Creo que el día que no pueda encontrar una nueva manera de contar, un nuevo lenguaje que me haga compañía, que sea mi aventura y mi compañía al mismo tiempo, creo que ese día sin lugar a dudas voy a dejar de escribir para finalmente hacer eso que tanto me gusta y que me sale tan mal que es tocar la trompeta.
     Con respecto a la juventud, a la estética, a la experimentación, al estilo creo que son, si no tienen el contexto de la necesidad espiritual de quien escribe, sólo palabras. Sólo masitas para la hora del té.
    Con respecto a la llamada “literatura del yo”, bueno, la mía está bien alejada de eso, pienso algo sencillo: depende de qué “yo”. Depende de quién sea.
En palabras de un perro viejo:
Alguna gente es joven
Y nada más
Alguna gente es vieja
Y nada más
En el medio están los otros

Gracias Charly, y como diría mi madre: Será.

lunes, 6 de mayo de 2013

Bukowski y el género autoayuda

"Creo que la verdad está bien en las matemáticas, en la química, en la filosofía. No en la vida. En la vida es más importante la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza." Ernesto Sábato.
"Todos conocen la misma verdadnuestra vida depende de como la distorsionamos." Woody Allen.
"No hay nada más aburrido que la verdad." Charles Bukowski.


Crítica. ¡Hoy estoy super crítico! Y lo más feo es que me gusta. En un momento de mi vida odiaba a los críticos, pensaba que eran el tipo de personas que destruían la literatura, que la desprestigiaban, etc. Después me puse a pensar de que si el mundo entero escribiría y publicaría todo lo que escribe o siente, ahí sí la literatura sería una mierda. Peor todavía: ¡los escritores le robarían tiempo a los lectores! ¿Entienden? Un escritor, al publicar, asume un compromiso con el lector, es decir, piensa que no le va a robar el tiempo, que lo que éste va a leer va a ser algo bueno, al menos que zafa. Por esta razón se necesita de determinado filtro, aunque tampoco nos vallamos al carajo. Lo reduciría a una sola regla, de la mano de Bolaño: "Que cualquiera pueda decir lo que quiera decir y escribir lo que quiera escribir. Estoy en contra de la censura y de la autocensura. Con una sola condición: si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres." Y esto también es arte. Decir lo que no quieren que digas.
Mi crítica actual se centra en lo que considero más vulnerable actualmente (soy mal crítico, jaja), en esta oleada de libros del género autoayuda, que están colonizando las vidrieras de todas las librerías y que cada vez me rompen más las pelotas.
¿En qué consiste el género? Son personas que se creen tocadas por una barita mágica, poseedoras de la verdad sobre la existencia, en su mayor medida sectarias, y que muestran un camino (el cien por ciento de los casos el más estrecho) para llegar hasta donde ellos llegaron, que sería el punto culminante de la vida o existencia o como quieran llamarlo. Se dice que "ven con claridad" las cosas, que son personas "lúcidas", etc. Sinceramente no veo nada más alejado de la claridad o la lucidez que una persona dogmática, que acepte una única verdad, un único camino, cuando lo real se caracteriza justamente por la diversidad, la pluralidad de sentidos. Lo más cómico es que se muestran a sí mismos como una solución aparte, algo alejado de todo lo común, lo mediocre, como religiones, ideologías políticas, etc., es decir, que se centran en el nudo de la existencia, entre otras cosas, cuando en lo concreto terminan siendo de lo más inferior, de lo más lamentable. Quieren iluminar, y ¿qué es lo que causan en la gente? Más confusión. Típica característica del período post-moderno: avasallamiento de información, y cero filtro que la regule, que diga bueno, esto puede ser, esto es una huevada, esto es. Se ofrecen millones de caminos en donde alcanzar la felicidad, la plenitud, etc., por medio de Dios, por medio del culto a San la Muerte, por medio del reiki, por medio de las drogas... Y así podemos seguir contando.
Ahora bien, me pregunto: ¿por qué mierda necesitamos tanto de claridad? ¿Por qué necesitamos de alguien o algo que nos ordene la existencia? Dando vuelta el cuestionamiento, ¿no se podrá aceptar que la realidad es caos, desorden, complejidad? ¿No se podrá vivir en ese caos, en ese desorden, en esa complejidad?
No voy a responder porque lo que menos quiero ser en esta vida es profeta o gurú o "consegista" profesional. Simplemente les dejo a su disposición una persona que sí supo vivir en el caos, y cómo. Estamos hablando de un exceso, porque me gustan las hipérboles, bien representativas. Con ustedes, el alcohólico Charles Bukowski, y un poema que me hizo mear de la risa:

A la puta que se llevó mis poemas.


 Algunos dicen que debemos eliminar del poema
 los remordimientos personales,
 permanecer abstractos, hay cierta razón en esto, pero
 ¡Por Dios!
 ¡Doce poemas perdidos y no tengo copias!
 ¡Y también te llevaste mis cuadros, los mejores!
 ¡Es intolerable!
 ¿Tratas de joderme como a los demás?
 ¿Por qué te no te llevaste mejor mi dinero? Usualmente
 lo sacan de los dormidos y borrachos pantalones enfermos en el 
 rincón
 La próxima vez llévate mi brazo izquierdo o un billete 
 de cincuenta,
 pero mis poemas no.

 No soy Shakespeare
 pero puede que algún día ya no escriba más,
 abstractos o de los otros;
 Siempre habrá dinero y putas y borrachos
 hasta que caiga la última bomba,
 pero como dijo Dios,
 cruzándose de piernas:
 "veo que he creado muchos poetas
 pero no tanta poesía".

¿Será ésta la puta que se llevó sus poemas?